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EL CASO DE WILSON

Posted in CASOS on marzo 24, 2010 by danielacifuentesh

Wilson* es un muchacho de 16 años que trabaja como jornalero en los campos de Amalfi. A veces vive en las fincas donde trabaja, otras veces ahorra los $13.000 diarios y consigue una pieza en alguna casa de la vereda, también hay días en que sus amigos le dan posada. Hace dos años se fue de su hogar en el pueblo porque no se aguantaba más los golpes y los castigos de su padrastro. Esa época fue muy dura. Según sus recuerdos, había días en los que tenía que quedarse varias horas frente a una pared, arrodillado, con los brazos levantados y cargando una piedra en cada mano. La razón: haberse demorado una hora más en la calle, jugando nintendo con sus compañeros de

la escuela. También recibía correazos que le hacían sangrar las piernas, aún teniendo los pantalones puestos, por el hecho de contestar tarde algún llamado que la mamá hiciera desde la cocina. A Jairo*, su hermano menor, no le iba tan mal cuando desobedecía o cuando no se quería tomar la sopa. Éste conoció a su padrastro siendo más niño y por eso se adaptó con mayor facilidad a la nueva familia. Además, Luis, el padrastro, sintió afecto por él y lo trató como si fuera un hijo propio. Con Wilson las cosas eran de sangre y de lágrimas.

Fuera de los golpes, Wilson comenzó a tener peleas con su mamá, porque ella nunca lo defendía de los castigos. Además, le empezó a ir mal en la escuela. También decidió hacer cosas que lo hicieran enfrentarse a su padrastro, como salir a fiestas por las noches, llevar amigos a la casa, gritarle a su mamá, descuidar los oficios… Y ahí sí, con las reprimendas que se ganaba dejó de sentir el dolor físico. Sólo sentía mucha rabia. No entendía cómo alguien que apenas lo conocía podía ordenarle, pegarle cachetadas, darle puños o dejarlo encerrado en la pieza durante un día entero. Y una mañana cualquiera recogió sus cosas y se fue. Dejó la escuela, cuando apenas iba en sexto, y se fue al campo, cerca de donde vivió cuando era muy niño. A su verdadero papá no lo ha buscado, porque lo recuerda como un borracho que llegaba en las madrugadas a pegarle a su mamá. Ahora vive solo y tiene los brazos fuertes de tanto cargar el azadón. Visita a su mamá y a su hermano los domingos o cuando sabe que el padrastro no está. Tiene una novia y quiere tener hijos con ella. Sabe que todavía no puede, porque no le alcanzan ni la plata ni la edad para sostener a una familia. Lo que sí sabe es que a sus hijos, por desobedientes que sean, nunca les pegará ni los obligará a sentarse toda una tarde en un piso hirviendo de sol.

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